domingo, 24 de febrero de 2013

Las aceras


Esta mañana de domingo se ve así desde el balcón de nuestra casa. Cortinas de luz pálida nos separan del fiordo.

Existe aquí una extraña adicción a las velas y los candiles de toda clase, quizás relacionada con la falta de calor y luz durante el invierno. Muchas tiendas tienen una vela o lámpara de aceite a cada lado de la puerta, en la calle.

A veces se ven en la acera los restos de una fortuita patada en forma de salpicaduras, generalmente color frambuesa, de cera congelada.

Algunas aceras están también cubiertas de sucesivas capas de hielo producto de la nieve pisada, el deshielo y y el re-hielo. Caminar por la calle tiene su técnica. Uno se va haciendo conocedor de los distintos tipos de suelo resbaladizo que se puede encontrar y sus cualidades. El hielo grisáceo agujereado por la suciedad; la nieve helada y sus diversos grados de adherencia; el hielo pulido disfrazado con una aparentemente inofensiva capa de nieve. Este último es el peor y no conviene acercarse.

Los coches cada día hacen más esfuerzo por aparcar y desaparcar. En algunos casos he visto desistir a sus conductores cuando el montículo de hielo a atravesar empieza a no poder llamarse montículo, sino quizás, loma, monte o montaña. Bien es cierto que no hay que pelear mucho por un hueco para aparcar en Oslo, y probablemente el tiempo es más valioso.

Pero en suma, la primavera se acerca. Dicen aquí. Y yo, pensando que en mi tierra hace frío hasta el cuarenta de mayo, desconfío.