La primavera no termina de parir. No es de momento más que un otoño prematuro y feo. Ha venido esta primavera mal formada que no acaba de ser primavera. El gris del asfalto sucio y de las aceras se refleja en el cielo, o viceversa; es difícil discernir porque todo es gris: la luz gris, la hierba medio podrida gris y los restos de nieve gris, o más bien negra.
Esta larga gestación arrastra meses de cunetas repletas de nieve sucia y basura diversa, colillas que emergen por doquier y que dibujan una ciudad-cenicero incomprensible. El civismo nórdico tampoco alcanza aquí al fumador. La grava se mezcla inútil ya en las esquinas con papeles, pitillos, plásticos y toda suerte de majaderías caídas de bolsillos durante siete meses.
El servicio de limpieza comienza a organizar ahora una especie de jornadas intensivas para desintoxicar la ciudad. Se cierra calle por calle y probablemente aparezca un equipo de expertos ataviados con escafandras para sumergirse en tamaña tarea.
Actualización:
No hay como mentar al diablo: la ciudad ya ha roto aguas. Primera lluvia del año, arrastrando tóxicos diversos y ríos de espuma blanquecina de la que alejarse parece lo más sensato. Tres paraguas, uno de ellos el mío, me he cruzado bajo el diluvio. Quizás los noruegos echen en falta el agua tanto como idolatran el sol; o quizás, como tantas otras cosas, y perdonen la expresión, se la suda que llueva.
