sábado, 16 de noviembre de 2013

Del tiempo (en sus dos acepciones)

Tras el éxtasis veraniego, un trabajador del servicio de limpieza recogía un martes por la mañana ahora un papel, ahora una colilla. La democracia nórdica equipa a sus peones con pinzas telescópicas para que una tarea desagradable no lo sea tanto. Oslo: última tecnología aplicada a todos los estratos de la vida. Olvídese del cepillo. Recoger chicles ya no es un trabajo no cualificado. Con mimo y cierta dosis de pericia el trabajador recogía los desperdicios de un ejército de cinco meses de vasos de plástico, envoltorios y tíquets (y colillas). Una hormiga municipal representando en solitario la tragicomedia oslense.
Pienso que la pinza telescópica tiene una razón de ser. El breve -y maravilloso- otoño ha dejado cunetas de hojas en technicolor que se mezclan con los envoltorios de helado y hacen imposible su separación para un correcto reciclado. La solución se interpone entre el legislador y su objetivo: pronto plásticos y envases serán sepultados bajo la nieve sin separar de la materia orgánica, sin mediar palabra, sin remedio.